Respetable Logia Simbólica

Gustavo Campos Carpizo núm. 33

El Aprendiz Incomprendido
El Aprendiz Incomprendido

Hoy he sentido con fuerza el peso de ser un Aprendiz. Afuera, en el mundo profano, me piden que corra, que me adelante, que dé resultados inmediatos y tangibles. Allá, la prisa es ley, y la voz más fuerte parece imponerse siempre sobre la que guarda silencio. Yo mismo, antes de entrar en este sendero, creía que el valor de un hombre se medía por cuántas palabras decía o por cuántas victorias visibles podía mostrar.

Pero dentro de la Logia todo se invierte. Aquí se me pide lo contrario: que calle, que observe, que aprenda en silencio. Mi voz no importa tanto como mi capacidad de escuchar; mis respuestas no valen tanto como mis preguntas. Y aunque poco a poco voy comprendiendo el sentido de este método, confieso que aún me desconcierta. ¿Cómo explicar afuera que mi mayor trabajo de esta semana no fue un logro visible, sino el esfuerzo íntimo de dominar un impulso, de callar cuando podía hablar, de observar cuando mi orgullo me exigía intervenir?

Ser incomprendido se ha vuelto parte del camino. Mis Hermanos dentro del Templo saben que el silencio es semilla de la palabra justa; pero en el mundo profano, ese mismo silencio se juzga como debilidad, como falta de carácter. Afuera se espera que siempre tenga algo que decir, que me defienda, que imponga mis ideas. Aquí dentro, en cambio, se me enseña a no confundir el ruido con sabiduría.

A veces me siento como si caminara con dos máscaras: la del hombre profano que debe competir, producir, aparentar seguridad; y la del Aprendiz que busca despojarse, que lucha contra el ego, que anhela la sencillez. Y esa lucha interior no es fácil. En ocasiones me descubro deseando el aplauso de los de afuera, aunque sepa que no significa nada. Otras veces guardo silencio entre los Hermanos, aunque dentro de mí hierva el deseo de hablar. Con el tiempo he comprendido que esta contradicción no es un error, sino el trabajo mismo del Aprendiz: aprender a habitar el punto intermedio entre lo que fui y lo que estoy llamado a ser.

El Aprendiz es incomprendido porque su batalla no es visible. ¿Cómo mostrarle al mundo que mi mayor victoria hoy fue contener una palabra que podía herir? ¿Cómo explicar que lo que más me enorgullece no es haber ganado una discusión, sino haber cedido el terreno para escuchar? En la Logia, esas son piedras preciosas; en el mundo exterior, son gestos invisibles que nadie celebra.

 Sin embargo, cada día confirmo que esas pequeñas victorias son las que realmente me transforman. Cuando domino una emoción, siento que una astilla se desprende de mi piedra bruta. Cuando acepto mi ignorancia, siento que una superficie se pule. Cuando callo para escuchar con atención, descubro que el silencio no es vacío, sino una herramienta que me cincela por dentro.

He pensado mucho en lo que significa estar en tránsito. El Aprendiz incomprendido no es alguien acabado ni perdido: es alguien en medio del camino. Afuera me quieren terminado, “listo para usarse”, como si yo fuera una pieza de máquina que debe producir sin descanso. Aquí dentro, en cambio, se me recuerda que soy un proyecto inconcluso, que mi mayor virtud es aceptar que aún no estoy hecho, que mi forma se va revelando con cada golpe de cincel.

Ser incomprendido no es cómodo. A veces duele. Cuando mis amigos o mi familia me preguntan qué hago en la Logia, esperan una respuesta práctica: “¿Te ayuda en el trabajo? ¿Ganas más dinero? ¿Te abre puertas?” Y yo me quedo en silencio, porque ninguna de esas cosas es lo que busco aquí. Lo que gano es invisible: gano paciencia, templanza, humildad. Gano la certeza de que puedo trabajar en mí mismo, aunque nadie más lo vea.

Y entonces entiendo que esta incomprensión es necesaria. El mundo exterior no está llamado a comprender mis silencios, porque no todos desean recorrer este sendero. El Aprendiz debe aceptar que su trabajo es interior, aunque esté rodeado de Hermanos. La incomprensión es una prueba, y también una señal: significa que mi transformación no busca reconocimiento, sino verdad.

El Aprendiz incomprendido aprende que el verdadero combate no es contra los demás, sino contra uno mismo. Afuera me piden que compita, que venza a otros; aquí me enseñan que la única victoria que importa es vencerme a mí mismo. Afuera me dicen: “impón tu verdad”; aquí escucho: “busca la Verdad.”

Sé que aún me falta mucho. Sigo siendo torpe con mis herramientas, sigo tropezando con mi ego y mis impaciencias. Pero poco a poco descubro que no necesito que me comprendan. Mi silencio tiene sentido, aunque nadie lo aplauda, mis pequeñas victorias son reales, aunque nadie las note. Porque al final, el trabajo no es para mostrarlo, sino para vivirlo.

Ser incomprendido me ha liberado. Ya no busco explicarle a todos lo que hago; simplemente lo vivo. Y en esa vivencia descubro que la verdadera comprensión vendrá cuando yo mismo logre entenderme, cuando la piedra bruta revele la forma que guarda en su interior.

El Aprendiz incomprendido no está condenado a la incomprensión eterna. Un día, cuando mi palabra sea justa, cuando mi obra hable por mí, ya no necesitaré justificarme ni afuera ni adentro. Ese día sabré que el silencio que ahora me pesa fue, en realidad, la fragua donde se templó mi espíritu.

Hasta entonces, seguiré trabajando en silencio, aceptando la incomprensión como parte del oficio. Porque el verdadero triunfo no es ser comprendido por el mundo, sino ser capaz de comprenderme a mí mismo.